Del Norte ...
Llegaba soplando con fuerza, sacudiendo todo a su paso, haciéndose notar.
Ella era el viento ...

Ella era intensa, violenta, libre, inquieta, impredecible ...
Sobre todo impredecible ...
Nadie podía saber cuándo y dónde iba a aparecerse ... ni cómo iba a hacerlo.
Si iba a ser tierna, suave, melosa, cariñosa ... o si iba a ser intensa, destructiva, avasalladora, violenta.
Aún así , a pesar de todo eso, él la esperaba todos los días, a cualquier hora, en cualquier época del año ...
Él vivía para esperarla, para verla pasar, para verla llegar ...
Aunque no fuera a verlo a él, aunque sólo la viera un momento, aunque sólo la sintiera por un breve instante, cuando pasaba a su lado mientras se dirigía hacia el árbol de enfrente, donde ella se entretenía por horas, transformándose en suave brisa, recorriendo cada una de sus ramas, acariciando cada una de sus hojas, arrancándole susurros apasionados que él tenía que escuchar.
- Ssshhhhhhh - , - Huuuuuu - , - Sssshhhhh - , - Huuuuuu - .
Él hubiera querido poder irse de ahí, a cualquier lugar, lejos, donde no tuviera que ser testigo de aquél romance que tanto daño le causaba.
Pero no podía ...
Él estaba literalmente clavado a ese lugar ...
Él era un árbol .
Pero no un árbol joven, frondoso, fuerte, bien plantado, como su vecino.
Él no era más que un árbol viejo, deforme, ajado, con las raíces de fuera y con las ramas pelonas, sin hojas, sin retoños, sin vida.
Pero siempre la había amado...
Desde que era un pequeño brote que vivía casi a ras de suelo.
Desde que las primeras hojas brotaron en él y pudo entonces sentirla cuando pasaba, soplando, refrescando, acariciando.
Incluso cuando se violentaba y soplaba con fuerza, arrancando de raíz a algunos árboles, maltratando severamente a otros y causando daños por donde pasaba.
Aún entonces, él la justificaba, la defendía, la idolatraba...
Durante muchos años hizo el intento de seguirla, pero sus raíces, enterradas profundamente en el suelo, siempre se lo impidieron.

Trató de utilizar la fuerza de ella, cuando, en forma de ventarrón, azotaba y sacudía cuanto estuviera a su paso, inclinándose hacia donde ella soplaba, para desprenderse del suelo que lo aprisionaba y poder así, seguirla hacia donde ella se dirigiera, ó hasta donde ella lo llevara.
Pero no, nunca pudo hacerlo, nunca pudo seguirla, nunca logró dejar aquél sitio donde había nacido, crecido, madurado y donde seguramente iba a morir.
Morir ...
Ya sólo eso estaba esperando.
Sabía que faltaba muy poco para ello.
Se estaba secando ...
Desde hacía un par de años, no había crecido en sus ramas ni un solo retoño.
Las mariposas y abejas habían dejado de visitarlo.
Los insectos dañinos, que antes lo habían respetado, ahora se paseaban desvergonzadamente por su cuerpo, usándolo de refugio, bodega y guarida, a sabiendas de que las aves, que los mantenían a raya, lo habían abandonado a su suerte.
Las calandrias, los gorriones, los cenzontles y hasta los zanates, que habían sido, hasta hacía muy poco, habitantes de sus ramas, habían cambiado sus nidos a otros árboles que les ofrecieran mayor refugio contra el sol, la lluvia y el viento.
El viento ...
Ella era el viento ...

Ahora, ante la proximidad de la muerte, él recordaba claramente cuando era el preferido; cuando ella, de entre todos los árboles de la región, lo eligió como su amante, su desliz, su aventura.
Su aventura ...
Solamente su aventura porque ella era el viento, siempre libre, impredecible, caprichosa, aventurera y peligrosa.
Aunque él siempre lo supo, aunque ella siempre fué sincera, él siempre albergó la esperanza de llegar a ser para ella su pasión, su refugio, su todo.
Pero no, no fué así ...
Ahora, muchos años después, justo en primavera, ella había elegido a alguien más...
Un árbol joven, fuerte, bien plantado.
Que, para su mala suerte, había crecido a unos cuantos metros enfrente de él.
Y ahora...
Precisamente ahora, cuando él sentía cómo la última de sus ramas que aún vivía se secaba, la sintió pasar...
No a un costado, como acostumbraba pasar últimamente, sino de frente, de lleno, atravesándolo.
Y la sintió tibia, y fresca, y amable.
Y por un instante creyó que ella había regresado con él, para jugar a hacer remolinos que sacudían su follaje y le quitaban las hojas secas , para cantar juntos las canciones que salían de sus ramas cuando ella las atravesaba, dejándose acariciar por cada una de sus hojas, para ...
No, ella no había regresado.
Pasó a través de él, pero iba hacia el árbol de enfrente.

Él tuvo que presenciar, una vez más, cómo ella jugueteaba con el otro árbol, tal y como lo había hecho con él durante tanto tiempo ...
Y entonces pasó ... Él sintió que, desde lo más profundo de sus entrañas, desde la savia misma, brotaban gotas de agua que, al salir, le causaban un intenso dolor ...
Pero no era un dolor físico, era un dolor del alma.
Y tampoco eran gotas de agua, eran lágrimas que escurrían por sus ramas desnudas, mientras él se iba secando, mientras él se iba muriendo, mientras él la llamaba bajito ... vientooooo, vientooooo ...








































